Recomendar un abogado ¿suerte o ciencia?…

Sabemos que nuestro despacho de abogados está haciendo bien las cosas cuando al menos uno de cada dos clientes nos recomendaría a su familia.

Es esencial para cualquier estrategia de marketig que se precie identificar y reproducir los mecanismos que llevan a un cliente a recomendar un abogado. Obviamente, hay variables que para bien o para mal no podemos controlar del todo, como que una sentencia nos dé o no la razón, pero también hay docenas de cosas que dependen exclusivamente de nosotros y que marcan la diferencia entre un cliente razonablemente satisfecho y uno que nos acabe recomendando.

A lo largo de estos capítulos de marketing jurídico hemos insistido en la necesidad de convertir nuestro despacho en algo único y diferenciable de la competencia (potenciación de marca, delimitación de especialidad, etc). Pues bien, si conseguimos que las especificidades que nos hacen diferentes al mismo tiempo nos permitan sobresalir entre los bufetes que constituyen nuestra competencia, sin duda tendremos mucho ganado para conseguir esas recomendaciones.

Por ejemplo: según recientes estudios hay muchas más posibilidades de recomendar un abogado que nos ha llevado un asunto si su despacho tiene una presencia importante en los medios de comunicación y redes sociales que si en cambio nuestro letrado es un perfecto desconocido para el gran público. El hecho de poder relacionar nuestra buena experiencia con un profesional cuyo nombre e imagen tiene una cierta trascendencia social de alguna manera es como si nos concediera a nosotros mismos una mayor importancia a la hora de decir “pues yo lo conozco y realmente hizo en mi caso un buen trabajo”

El valor de la despedida

Pero no sólo intervienen cuestiones de gran orden económico a la hora de incitar al cliente a recomendar un abogado. A veces pequeños gestos marcan ese punto diferencial que acaba revirtiendo en nueva clientela.

Por ejemplo, durante una cierta etapa de mucho trabajo adquirí la mala costumbre de no atender a los clientes cuando venían a pagar. Entendía que dado que el trabajo ya estaba hecho y me constaba que los clientes habían quedado satisfecho con los resultados, cualquiera de los administrativos del bufete se podían ocupar de extender la minuta y cobrarla. Haciendo una comparativa un tiempo después comprobé que el porcentaje de recomendaciones de esos clientes a quien no había atendido directamente en su último contacto con el despacho era sustancialmente menor que el de aquéllos a los que había dedicado unos minutos. La razón es clara cuando uno piensa en ello: la percepción del cliente al que no atiendes cuando acude a tu despacho a pagarte y darte las gracias por tus servicios es que al abogado le da igual sus percepciones o comentarios, limitándose a cobrar por sus servicios y con la mente puesta en otros asuntos. A partir de esa percepción, es normal que los clientes decidan no recomendarte a quien no se muestra interesado por sus cuitas.

El largo y tortuoso camino hacia la recomendación

Existen una serie de decisiones, estrategias y actitudes que pueden propiciar que nuestros clientes acaben convirtiéndose en nuestros mejores comerciales. Ahí van unas cuantas de forma esquemática:

Fuente: FM Abogados.